viernes, 31 de julio de 2015

Primeras citas

Hace poco tuve una primera cita en 9 años. ¿Qué digo? ¡En toda mi vida! Es una de estas ocasiones en las que te dan tantas explicaciones para dejar claro que no es una cita que ves clarísimo que es una cita, aunque luego te comportes como si no lo fuera, porque te han dejado claro que no lo es.
Fue una experiencia totalmente traumática para mi, pero oye, son cosas que una tiene que hacer en la vida de vez en cuando. Si te dedicas a coleccionar primeras citas seguro que para un libro da, así que por si no me saco las oposiciones...

Lo normal hubiera sido rechazar semejante invitación, pero siendo los tiempos que corren, con la edad que una empieza a tener, que te pidan una cita, pues a una le hace ilusión ¡qué narices! Hay que ser muy valiente para pedirle a una chica que no conoces de nada una cita, así de forma fría y obtusa, dando mil vueltas para que el rechazo sea menos doloroso. Hablando mal: hay que tenerlos cuadrados.

Y tengo que reconocer que soy mala, malísima. Si una sabe las cosas podría poner un poco de su parte y vale, puede que no lo hiciera, pero es que era una no-cita. Por lo tanto, mi lógica y sentido común me aconsejaba que me arreglara como un día normal sin ir demasiado tirada. ¿Qué me había hecho decirle que si a la no-cita? Pues el hecho de que no fuera una cita y que en principio no iba a parecer demasiado complicada la cosa. ¡Error! En mi vida no hay nada simple, creo.

Me aseguré de tener una vía de escape por si la cosa se torcía y menos mal. Quien dice vía, dice escopeta, pero eso es otro tema. Así que empezaré a relatar lo desastroso del asunto.

Para empezar la puntualidad. Llegó como media hora tarde, avisando a la hora que habíamos quedado. Al parecer había olvidado la ropa para cambiarse, se había hecho un esguince... Bueno, que llegó tarde, mal y arrastras y envuelto en una colonia demasiado fuerte. En las no-citas y citas se debería controlar la colonia como un punto esencial, el tema es otro asunto, pero en eso hoy no entraré, era una no-cita.

Segundo, el ánimo: "No, hoy no era el día". Me dieron ganas de contestarle: ni hoy, ni otro. Definitivamente no. Si llegas tarde, mal y arrastras por lo menos haz una broma, sonríe, no se, un poco de tu parte que YO si estaba puntual, quítale hierro al asunto, o posponla (se arriesgaba otra vez a un posible rechazo)

Tercero, la forma de relacionarse. Tengo cara, si me hablas a la espalda no me entero. Tengo ojos, si me miras cuando te hablo, mejor. Tengo tetas, pero si evitas mirarlas de forma descarada me haces un favor, a mi y a ti mismo. De nada.

Cuarto, el tema de conversación. Que me digas que no te gusta el cine español y no haber visto ninguna película de Amenábar tiene delito. Que me corrijas hablando de Gossip Girl no es una opción. Que no intentes justificar que has visto Gossip Girl porque Serena está buena, es sospechoso. Que digas que "miras" (es ver, por Dios es ¡¡¡ver!!!) Vis a vis porque te gusta la dulzura de la protagonista, también es sospechoso. Y no, no estoy loca por intentar transmitir a Cristo en mis catequesis, yo no madrugo un domingo para tocarme el ombligo. Que te metas con la forma de hablar de un amigo, muy amigo, tampoco ayuda al tema de conversación.

Quinto, lógica básica. Si sabes que soy catequista, que soy católica, que me mato haciendo cosas para los niños, que colaboro dentro de lo que puedo con mi parroquia, haz el favor de no meterte con mi fe.
¿Que por qué fue un desastre? ¿de verdad tengo que explicarlo más? Y eso que no me he metido en asuntos personales. En fin. Citas.

martes, 21 de julio de 2015

Tiempo ordinario

El tiempo ordinario nos recuerda el valor de lo cotidiano, lo habitual, de lo que no se puede adornar con ningún sello de excepcionalidad. No hay nada especial, al menos no lo hay de antemano, en estas épocas de la vida. Pero eso no quiere decir que sea un tiempo menos significativo o menos importante. Quizás al contrario. No deberíamos sacrificar lo cotidiano para perseguir constantemente lo extraordinario. [...] La realidad se mueve, a menudo, en escalas de gris, en momentos que son parecidos entre sí, en situaciones que parecen repetirse hasta la extenuación. Esto ocurre en el trabajo, en la vida familiar, en las relaciones de pareja, en la vivencia de la fe, en todos los hábitos con los que uno va construyendo sus rutinas. Tan horrible sería una vida en la que no hubiera espacio para la novedad, la sorpresa y lo especial, como una vida en la que, a base de querer vivirlo todo como fabuloso y único, no quedase espacio para la normalidad.
Ese es el valor del tiempo ordinario.
[...] 
La cara cotidiana de la historia es tan necesaria como la cara más destacada, que está hecha de episodios más excepcionales, épicos o significativos. Tal vez esta vida rutinaria no aparecerá en los manuales de historia, que consignarán tan solo las fechas memorables; pero la normalidad es la trama sobre la que se construyen momentos especiales. [...] 
Como ocurre en nuestras historias. Hay muchos días que son iguales que otros. Muchas horas que no dejarán huella y en las que, sin embargo, se irá definiendo también quiénes somos, a qué podemos aspirar, qué amor vamos a sembrar o qué huella dejaremos en la vida de quienes se crucen con nosotros. 
La fe tiene también mucho de cotidiano. No puede uno pasarse la vida zambulléndose en preguntas trascendentales o aspirando a vivencias intensas de todo lo que celebra.[...]
Ahora bien, del mismo modo que es importante valorar lo habitual y lo ordinario, es necesario que en nuestro mundo tenga cabida lo especial, lo distinto, lo nuevo. Una vida donde solo existiese rutina se parecería demasiado a una prisión. [...] 
Y es que, hasta en medio de la rutina, es importante que pueda tener entrada lo excepcional. Nuestro tiempo ordinario es un tiempo abierto a la novedad, a la sorpresa, a la posibilidad de que algo resulte diferente y quizá transgresor. Tan malo sería exigir una espiral de momentos únicos como instalarse con resignación en una vida en la que no cabe lo excepcional. Y es que, a veces, lo extraordinario surge en medio de lo cotidiano. Sin saber muy bien por qué. Un día que empieza como todos los demás y, sin embargo, hay en él un encuentro que te cambia la vida. Una conversión que suena familiar, en la que algo de lo que se dice te llega de un modo único, y ya no te lo puedes quitar de la cabeza o del corazón. [...] 
El tiempo ordinario, en definitiva, no es que no deje huella, porque sí lo hace. ¿Cómo no iba a dejarla, cuando es lo más duradero, lo más frecuente, lo que ocupa más días y donde se nos van, a menudo, fuerzas, energía y aconteceres? Deja huella, solo que es una huella más discreta y callada, menos explosiva... No es inolvidable, como lo puede ser un primer beso, la muerte de un ser querido, el primer trabajo que consigues o una declaración de amor con la que llevas tiempo soñando. Es, más bien, silencioso. Pasa sin que te des cuenta, en la sucesión de las horas y los días. No podrías definirlo como inolvidable, glorioso, terrible o fantástico. Es, más bien, sereno. Se pasa rápido o despacio, porque así es la subjetividad, y hay años que vuelan y otras temporadas que parecen transcurrir a cámara lenta, pero sin que puedas decir exactamente por qué es así. No hay, en el tiempo ordinario, fechas para enmarcar, fotos que poner en tu mesilla, acontecimientos que reseñar con letras de oro en el libro que vas escribiendo. 
Y, sin embargo, sin esos días más habituales, la propia historia no se sostendría, convertida tan solo en una montaña rusa sin armazón ni destino. Son necesarios en las historias de amor, en los relatos de una vocación, en los proyectos que te entusiasman al principio y a los que te acostumbras después. Son parte de planes y horizontes, de relaciones y compromisos. Sin ese espacio para la normalidad, estaríamos perdidos.
De ahí que sea tan necesario entenderse a uno mismo, también, en los días discretos.

José María Rodríguez Olaizola - Los forjadores de historias 

lunes, 13 de julio de 2015

Amor

Amar a alguien implica hacerte vulnerable. Implica saber que, si llega el momento de perder a esa persona, dolerá. Pero es que el amor es darle a alguien entrada en tu vida de tal manera que esa persona te emociona y te ilusiona, te llena y te cautiva. A veces son personas que forman parte de tu círculo vital, familiar, que, de algún modo, siempre han estado ahí. Otras veces es gente que va entrando en tu historia, y te implicas y comprometes con ellos. Gente que te conoce y te valora, te respeta y te quiere, y con quienes tú sientes algo parecido. Por ahí se va gestando el amor. Y el amor es hacerse vulnerable, porque implica que no poseemos a las personas. Podemos cuidarlas, pero no encadenarlas. Podemos quererlas, pero sin poseerlas. La gente a la que tenemos y queremos se nos puede ir. Eso puede parecer una faena y, sin embargo, es la cara y la cruz del amor. Quizá sería más cómoda la garantía de permanencia, pero probablemente lo incierto nos enseña a no dar por sentada a la gente. El sufrimiento es parte de la vida. No lo buscamos, no nos regodeamos en ello, ni mucho menos. Y si podemos evitarlo, lo evitamos. Pero la pregunta es: si para evitar el sufrimiento tuvieras que dejar de amar, ¿lo harías?
Los forjadores de historias - José María Rodríguez Olaizola 

miércoles, 8 de julio de 2015

Exigencias

A veces me viene un "no se que" de soberbia que me lleva por el camino de la amargura. Recuerdo unas palabras que escribí a una persona de mi confianza: "me merezco un reconocimiento especial por haber tenido tanta paciencia"; y me quedé tan a gusto, oye.

A veces me pongo chula y digo: ¿Que? ¡Que ya me va tocando! ¡Que estoy siendo muy buena! Y empiezas a enumerar, sacando pecho, las cosas que vas haciendo a lo largo del día, del mes, del año... Es muy humano querer nuestra palmadita en la espalda, nuestra medalla, nuestra galletita de recompensa. ¡Que estamos siendo buenos!
Y entonces empezamos con las exigencias. Me he pasado 4 horas escuchando a fulanito, además a este otro le he invitado ya a cenar varias veces, le he hecho un montón de regalitos porque sí, le doy cariño, me arreglo, le sonrío y soy amable. Ahora exijo (poner aquí lo que se quiera) ... ¿Perdón? Me recuerda un poco a un diálogo de la película El diablo viste de Prada en la que después, la protagonista se plantea un cambio de actitud:


"- Me gustaría que se me reconociera el hecho de que me mato intentándolo.
- Andy, seamos serios. No te esfuerzas. Tu solo te quejas. ¿Qué es lo que quieres que te diga? Miranda se mete contigo, pobrecita. Pobre Andy. ¡Despierta talla 38! Ella solo cumple con su trabajo.¿No sabes que trabajas en un sitio que ha publicado a los mayores artistas del siglo? [...] Lo que crearon era arte con mayúsculas porque vives tu vida en él.[...] Pero a ti, eso, te da igual, porque este lugar donde tanta gente se mataría por trabajar, tu solo lo haces para comer. Y quieres saber por qué ella no te besa en la frente, ni te da una estrella dorada por tus deberes al final del día. Despierta corazón."

En los ejercicios espirituales que hice en Marzo, me perseguía la misma frase: "Misericordia quiero y no sacrificio". Y tengo una entrada en borradores en la que me planteo, precisamente, sobre si el sacrificio va implícito en la misericordia como acto de amor o si por el contrario se trata como acto de espera de una respuesta también sacrificada. ¿Quien me iba a decir que iba a estar a estas alturas con la entrada sin publicar y volviendo sobre ello?

Dicen que es muy de la espiritualidad ignaciana revisar la vida, volver sobre las cosas y plantearse si se están haciendo las cosas bien y el por qué hacemos las cosas. Y una vez examinadas, pues ver si necesitas confesar cosas, arreglar asuntos torcidos, etc.

Entonces me planteaba si alguna de mis actitudes con los demás en los últimos meses han sido de sacrificio en lugar de misericordia, de espera en lugar de entrega gratuita. Y ahora, escribiendo estas líneas me he dado cuenta de he obrado mal y que de ahí se han derivado mis males. Y no viene de ahora, me di cuenta hace unas semanas por otro tema y no se, ahora he caído de la burra.
Y cobra sentido aquella reflexión de los ejercicios espirituales que me repetía: ¿será que me estoy esperando a mi misma y no a los demás?
¿No será que cuando estamos obrando excepcionalmente con los demás, estamos amándonos a nosotros mismos y por tanto no estamos siendo misericordiosos? Buscamos un amor que sea reflejo y grato con nuestro sacrificio en lugar de dejar que nos quieran tal y como somos, en nuestra pobreza y con nuestros defectos, con nuestra paciencia y sin ella.
Cuando realmente amamos, cuando relamente estamos trabajando para lo que amamos, no esperamos una respuesta, no estamos exigiendo que nos amen porque nos estamos esforzando. Sencillamente amamos.

¿Que es sacrificio cuando amas de verdad? Solo disfrutas de aquello a lo que amas, de como mejora, de como cambia, de como crece. No necesitas una contraprestación. De ahí mi error, dejé de disfrutar para empezar a exigir, pero nunca es tarde de rectificar.