viernes, 6 de mayo de 2016

Motorizado

Ayer era uno de esos días en que parece que se te cae el cielo encima. Era como una presión constante en la cabeza. Así que cuando salí a la calle para ir a la iglesia a rezar ante el santísimo esperaba que una brizna de aire frío me despertara de mi letargo.
Pero no fue así. Hacía un día gris, de esos que te dominan, con mucha humedad, caluroso para ser primavera en el norte y empezaban a caer gotas de lluvia. No paraba de preguntarme para que hacía el esfuerzo de salir hasta la iglesia con el día que hacía, que no me despejaba la cabeza ni nada.
Me sentía casi tan confusa como el Evangelio del día: "No entendemos lo que dice". Estaba allí sin sacar nada en claro, ni de mi estado mental, ni emocional. Nada.

Y entonces pasó. Un señor con movilidad reducida en un carrito eléctrico estaba dentro de la iglesia. Hacia los ruidos de encendido, de marcha atrás, se oía el motor... Lo fui observando divertida, con cariño. ¡Qué entrañable me parecía! Y en esas estaba cuando me pidieron si podía ayudarle a abrir las puertas para salir. Una sonrisa y encantada de ayudarle mientras mi mente empezaba a arrancar.

No tenía papel, solo mi libro Evangelio Diario, así que solo pude apuntar palabras para este post. "Motorizados, directos al encuentro, sobre ruedas, ruido: ¡Cuidado que voy!, luz, cesta, manillar (dirección), a pesar de los impedimentos/ obstáculos, avanzar, lluvia, frío, pereza, molestias, no oración guiada.
Y sin darme cuenta estaba orando.

¡Cómo me gustaría ser como ese señor! No conozco su historia, ni sus dolencias, ni en qué emplea el tiempo... ¡Pero estaba en la adoración eucarística con el día que hacía! Y es que ¿a quien no le daría pereza salir con movilidad reducida al encuentro del Señor? Y el estaba allí con su carrito, con lo rollo que debe ser salir así a la calle, sortear obstáculos, aguantar la lluvia, tener que pedir ayuda con las puertas de la iglesia, saber que vas a hacer ruido con el motor... Y llegar y estar el tiempo que haya estado, solo para estar con Él.

¿Cuántas veces me ha dado pereza? ¿cuántas veces me voy haciendo la remolona en lugar de ir directa? Al encuentro. De eso se trata de ir al encuentro, motorizada, directa a pesar de que tengas un mal día. A pesar de que no hagan oración guiada. Solo estar con Él.
Y decía: como me gustaría tener la confianza de ese señor, como me gustaría de no dudar de salir a tu encuentro. Como me gustaría tener más fe.

Y me fui con las entrañas conmovidas. Me fui con la sensación de estar reconfortada. Me fui con una caricia en el alma que me dice que no desespere. Me fui con algo que me decía que mi dolor sanará y que me deje acariciar. Me fui admirada una vez más de lo que pasa en el corazón del hombre.

Llegué sin entender nada y me fui entendiendo que a veces hay que pararse a contemplar lo que nos rodea. Que no somos nosotros y nuestros problemas, que hay mucha gente con mucho que decir, con los que interactúas y les abres la puerta, y ellos abren la tuya del corazón para dejar pasar a Dios.