lunes, 3 de abril de 2017

Correspondencia

Hola, me encantaría hablar contigo porque me he acordado mucho de ti, pero no se como hacerlo, así que escribo aquí, a modo carta, aunque no lo vayas a leer.

Llevo poco en Madrid y estoy contenta, estoy bien, pero echo en falta las pequeñas cosas. Aun tengo que poner en orden mi vida, hacerme un horario y cumplirlo. Mis rutinas y mis cosas. Eso por lo que hemos estado luchando estos años y que tanto hemos hablado. Anímicamente estoy bien, eso lo sabíamos, pero estoy con morriña. Cuando estoy de bajón me acuerdo de las palabras que me dijiste la última vez que hablamos, que revisase como había llegado, como me iba y todo lo que había conseguido por el medio, que era capaz y que solo tenía que luchar por ello.
¿Te acuerdas que te dije que había una parroquia a la que no iba a ir? Pues como puedes imaginar, porque me conoces bien, es a la que estoy yendo. Ríete de mi, sabes que si me niego desde un principio al final acabo haciéndolo. Soy así. Además me pueden los recuerdos, en esa parroquia empezó todo esto.
Mi abuela te ha dicho que no me gustaba la parroquia. Y es cierto, la iglesia es feucha, pero lo importante no es como sea la iglesia, sino lo que guarda dentro. Y en esto estarás de acuerdo conmigo, no tiene nada y lo tiene todo.
La parroquia siempre está abierta para que puedas hacerle una visita al Santísimo, el día a día se puede resumir en misas a horas tempranas, exposición del santísimo, reserva al medio día y otra vez exposición y misas. Los domingos hay 3 sacerdotes confesando y se forma una larga fila en las misas. No ha habido misas a las que he ido en la que no haya gente esperando. Eso es lo que hace especial a esta parroquia, que guarda a un Cristo vivo en medio de la ciudad. Un Cristo dispuesto a recibirte y que te llama. No se cómo, ni porqué pero se nota cuando entras.
Puede que sea una iglesia de paso, un poco impersonal, en medio de una calle comercial, pero que esté tan arraigada en Jesucristo es lo que le hace tener un magnetismo distinto.

El domingo pasado me tocó a mi hacer un poco de espera, e iba como un flan. Pero el Señor siempre sorprende, es lo que he aprendido en estos años. Cuando entré al confesionario, me encontré un foco iluminando bien todo, a un sacerdote en una silla repanchingado y una mesa entre los dos con una pila de libros amontonados. Y me sentí un poco más en casa, no era una mesa camilla, pero el ambiente se le parecía. Romper el hielo no fue difícil, quizá me costó más ponerme en situación, antecedentes... Y el sacerdote ya empezó solo a hablar, y yo sonreía cuando en realidad me estaba leyendo la cartilla!!!
¿Sabes? No me dijo cosas muy distintas a las que tu me decías cuando nos conocimos... Es una pena perderme esos consejos, pero se que si alguien me entiende eres tu.
Lo cierto es que necesito a Dios en mi día a día, que si falto un domingo a misa, (o como dijo este sacerdote: Catequista le has dado un plantón a Dios de narices) la semana se me hace eterna, me faltan fuerzas y estoy de mal humor. Me dijo: encuentra la manera, todos los días, un ratito de venir aquí y estar con Dios (lo que me habrías dicho tu de poner en el centro de mi vida a Dios) Misa o junto al Santísimo. También me dijo que lo tuviera presente en mi estudio, quizá poniendo un crucifijo delante en la mesa. (En casa lo tenía colgado de la lámpara, lo recuperaré) Y me dijo que no solo le contase a Dios mi estudio, sino que lo hiciera partícipe de mi día a día.
Y así me disparó el Señor como siempre. Porque abrirme de nuevo al Señor cuesta. No porque no tenga confianza, no porque no crea en Él, o porque crea que no lo vaya a entender. Es que a veces cuesta por vergüenza. Me pongo esa túnica cualquiera, me maquillo, pongo buena cara y aquí no pasa nada, pero pasa todo. Y recuerdo tus palabras, no se puede hacer nada por el que no quiere ser ayudado.
No es algo que dejas en una caja olvidado en el trastero, sino que lo llevas contigo, como una mochila encima todo el rato, con el que duermes abrazado. Claro que el sufrimiento tiene una raíz de pecado, lo veo clarísimo, pero ¿como voy a curarme de algo que me niego a hablar?
Decías que lo mejor que se puede hacer cuando uno está mal es salir de uno mismo y darse a los demás, y precisamente lo que no quiero es compartir con nadie nada. No quiero escribir, no quiero compartir mi espiritualidad. Nada. No quiero que nadie se adueñe de lo mio.
Y aquí es cuando entra el silencio... A partir de aquí es todo lo que callo y duele. Y tu cara de: ¿y yo que quieres que te diga?
Nada, no hace falta que me digas nada. Porque la respuesta la tengo, pero cuesta sacarla y plantearla.

Y eso es todo. Un abrazo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario