martes, 17 de octubre de 2017

Te quiero

Te quiero. Te quiero con tus silencios y cuando no paras de hablar. Cuando te acercas y cuando te alejas. Cuando te enfadas y cuando sonríes. Te quiero en tus días grises y en tus días de sol. Te quiero cuando te enfurruñas y cuando estás alegre. Te quiero con tus lágrimas y con el brillo en tus ojos. Te quiero cuando me miras y cuando me ignoras. Te quiero. Si, te quiero cuando metes la pata y cuando estás acertada. Te quiero con tus locuras y tus miedos. Te quiero con maquillaje y recién levantada de la cama. Te quiero cuando me gritas y cuando me hablas en susurros. Te quiero cuando vienes a pedir perdón y cuando vienes a darme las gracias. Te quiero cuando te crees genial y cuando crees que lo has hecho todo mal. Te quiero delgada y un poco gordita. Te quiero con el pelo corto y con el pelo largo. Te quiero cuando estás activa y cuando estás derrotada. Te quiero despistada y atenta a todo. Te quiero con tus dudas y tus seguridades. Te quiero arreglada y en chandal. Te quiero cuando me escuchas y cuando te haces la sorda. Te quiero en lo más humano. Te quiero cuando te mueres de vergüenza. Te quiero cuando te pones a la defensiva. Te quiero con cara de pilla. Te quiero con cara de pez. Te quiero cuando no quieres estudiar y cuando pides que te dejen en paz. Te quiero cuando estás inquieta y cuando estás seria.

Te quiero así, como eres. Entera. Única. Diferente. Con tus vivencias, con tu amor, con tus desengaños, con tus sufrimientos, con tus preocupaciones. Y si no eres capaz de entender que te quiero así, no vas a ser capaz de querer a los demás como son, como tú, con sus fallos y aciertos, con sus verdades y sus mentiras, sus miedos y sus seguridades. Porque los demás también tienen días grises y de sol, días de silencio y de búsqueda. Días en que ni ellos se aguantan a sí mismos.

A veces no entenderás, a veces dudarás, a veces tendrás que esperar. Pero no lo dudes, te quiero. Estoy en esa cruz que tanto admiras, dando la vida porque te amo. Sufro porque te amo. Pero te he dado la vida para que la vivas y para que cuando no puedas vengas a mi, que te espero. Yo que vivo, estoy dispuesto a empezar siempre de nuevo contigo. Quiero acariciarte, consolarte, decirte que todo va a ir bien. Yo que te quiero siempre y para siempre, yo. Vive, llora, sueña, pero sobre todo, ama. Ama como yo te amo, aunque a veces sufras, y cuando así sea, VEN.

jueves, 12 de octubre de 2017

Déjate

Entonces un día alguien te dice que tienes que dejarte querer, y te das cuenta de que cuando llevas un tiempo mal lo valiente no es querer a alguien, sino dejar que te quieran.
Te das cuenta de que eres presa de tus miedos y que hay quien ve más allá de tus sombras. Que hay quien conoce tu pecado y te llama por tu nombre. No porque no le importe, sino porque te quiere así.
Y a veces nos cuesta creer que esto sea verdad, que hay quien nos ama sin condiciones y nos llama a creerlo.
¿Y si nos víesemos como Él nos mira? Me pregunto ¿por que nos resistimos a la misericordia?
Todos necesitamos alguna vez alguien que con cariño toque nuestras cicatrices.
Nos enroscamos en nuestras miserias y nos creemos que ahí, justo ahí, nadie puede entrar a salvarnos. O quizá no queremos que nadie toque nuestras miserias porque creemos merecerlas.
Pero en realidad, lo que necesitamos, lo que todos anhelamos y lo que merecemos es que alguien nos ame, de esa manera infinita, que se derrama en nuestros corazones. Alguien que se entregue por nosotros y que insista en amarnos todos los días de nuestra vida, aunque nosotros ni siquiera seamos capaces de amarnos a nosotros mismos.
Y lo mejor de todo es que tenemos instrumentos para dejarnos amar. Sólo está en nuestra mano abrir el corazón y dejar que ese amor nos transforme. Una pequeña grieta es más que suficiente para que desde ahí todo sea nuevo.

Quizá me toca recordar que cuando soy débil en realidad soy fuerte. La lógica de Dios, tumbándonos tantas veces.
Soltar, liberarse y volver a empezar. En eso consiste todo. Déjate hacer.
Como me decía mi ex novio: No escapes

martes, 22 de agosto de 2017

¿Por qué no

puedo vivir aquí?

Esta pregunta se la hacía una amiga en la playa de areas (Pontevedra) cuando en un par de horas iba a cogerse un avión a Madrid. Trabaja en Madrid.
¿Por qué no puedo vivir aquí?
Me imagino que esa pregunta también se la hace mi hermana ahora en verano, cuando está con 40ºC en Madrid.
Nos instauramos en la queja, en la morriña, en una temperatura agradable, en la familia y los amigos. Y en lugar de preguntarse por qué no puede vivir aquí, ¿no sería más lógico recordar lo que le ha llevado a marcharse?
Hay quien dice que se puede tener todo en esta vida, pero yo creo que no, que eso es una tiranía. En la vida hay que escoger, tomar decisiones y ser consecuente. Quieres vivir en una gran ciudad pero con las comodidades de una ciudad pequeña y a poder ser con playa y una temperatura genial. ¿Entonces que es lo que quieres? O eliges una gran capital con playa o eliges la ciudad pequeña. Todo no lo vas a tener.
Y entonces llega Agosto, toda España en fiestas. Y te vas al pueblo, o donde sea, y sales, disfrutas, ves a gente que hacía que no veías y la vida se torna fantástica. Todo son risas y abrazos, buenas caras y buenas intenciones. Te pasas el día en la calle, o comiendo, o en la playa, o de caña en caña, de verbenas o en la montaña. Y todo es fenomenal. ¿Por qué no puede ser así siempre?

Porque querida, eso no es la vida normal. La vida es monótona, la vida se mueve más es una escala de grises. El amor no es el flechazo del enamoramiento sino la construcción del amor día a día. La vida no son tus 15 días de vacaciones al año, son los 350 días restantes.
Por cada vez que vienes, hay gente que se pasa el año aquí con sus rutinas, sus historias, sus luchas diarias y que te hace un hueco porque solo vas a estar 15 días. Su vida no son los 15 días idílicos que habéis compartido, es mucho más de lo que tu igual no eres capaz de vislumbrar.
El jardín del vecino siempre parece más verde que el nuestro. Pero en lugar de mirar el jardín de al lado, deberíamos aprender de disfrutar del nuestro.

Lo bueno de Madrid, es que hay un montón de posibilidades que descubrir, verbenas tan interesantes como las del pueblo y gente que está exactamente igual que tu.

¿Por qué no podremos tener todos una vida ideal? Porque eso, amiga, no existe.
Igual llegará el día en que si encuentres trabajo aquí y estés viviendo aquí. ¿Y entonces que te faltará?

La vida al sol, saliendo y sin horarios está muy bien. Pero a mi dame mis rutinas, mis series y mis luchas diarias, que ahí es donde yo me juego mi existencia.

miércoles, 26 de julio de 2017

Espumas

Hay en mi parroquia de origen una mujer que no para de poner en facebook toda clase de cosas en contra de la parroquia, actividades y jóvenes parroquiales. Todo empezó porque le invitaron a marcharse de la administración de la página parroquial.
Últimamente no paro de leer como hace hincapié en las cifras de cuando ella era administradora. Mira las estadísticas, compara, YO lo hacía mejor, YO, YO, YO... y ataca con un: Tu niñata, tu que te crees, porque Tu, tu, tu, tu...

¡Qué fácil es señalar a los demás y regocijarse cuando uno cree tener razón!

Y aunque esta señora no me va a leer, me gustaría reflexionar sobre unas cosas...
En la página parroquial no hacemos proselitismo, solo se informa de las actividades parroquiales. No se trata de números. Se trata de informar.
En los ejercicios espirituales hablábamos de que lo importante era de que con qué corazón hacemos las cosas. Lo importante de poner amor en lo que hacemos. En eso nos jugamos nuestra vida, poniendo nuestro corazón enamorado del Señor al servicio de los demás.
También en estos ejercicios reflexioné sobre San Francisco de Sales, el salía a predicar y a veces solo le escuchaban las palomas, pero él salía siempre. Pues igual nosotros, habrá momentos en que nadie le de a me gusta o que nadie lo comparta, pero no por eso se deja de informar. No obtenemos ingresos de publicidad, solo queremos que la información esté disponible para quien le pueda interesar porque a todos los interesados le debería llegar lo que se hace en la parroquia.

Entonces a raíz de esto me pregunto... ¿con que intención estaba esta señora administrando la página? ¿por qué esa dedicación a la página? ¿vanidad? "Los números me avalan" ¿y el amor también te avala?

¿Y si en lugar de echar la culpa a los demás revisásemos nuestro corazón y nos diésemos cuenta del dolor y rencor que llevamos encima? Así a modo de empezar... Ni todo es culpa de los demás, ni todo es culpa nuestra.
Empieza a amar a la iglesia con sus contradicciones y sus pobrezas. Porque la Iglesia la hacemos todos y que yo sepa no somos perfectos. No estaremos de acuerdo con todo lo que pase, pero si se puede seguir amando a la iglesia.

Hoy me hablaban en Misa de la conversión por envidia, de ver como la gente es plena aun con dificultades. El contagio del amor por el Señor. El contagio de la alegría del Evangelio.
Señora, ¿y usted que está contagiando? ¿rencor? ¿ira? ¿nunca le han dicho que de lo que se siembra se recoge? ¿Que va a recoger usted?

Señora, ¡enamórese! Pero del amor del bueno, del que no exige y en cambio lo da todo. Del que no lleva cuentas del mal, del que no se enoja, sino que se alegra con la verdad. Señora, si no tengo amor, nada soy.

miércoles, 19 de julio de 2017

Amor

Si te quedas anclado en una percepción del amor como esa sensación tremenda, intensa, apasionante, romántica, que cuando te posee te vuelve loco, te sube al cielo y te hace cantar, entonces tendrás que perseguirlo cada vez que cambie de forma, resignándote a nunca poseerlo.

En la vida, ojalá, amas y eres amado. Y con toda la limitación que uno también tiene a la hora de amar.Sin mitificarlo ni darlo todo por supuesto. Y reconociendo sus muchas caras: amor que es pasión, que es sed, que es encuentro, que es proyecto, que es apertura, que es paciencia, que es dedicación.
Lo único que está en nuestra mano es amar. Dar, sin saber lo que recibirás a cambio. Ofrecer sin exigir. Muchas frustraciones y heridas arrancan de la exigencia asociada al amor. En realidad si fuéramos capaces de vivir el amor desde la libertad, ello nos haría muy dichosos. Sin estar atados a una respuesta, aunque podamos desearla mucho.
Tampoco el propio amor se impone a otros. Hay ocasiones en que ofreces tu tiempo, tu vida, tu cariño, tu amistad, tu compañía... y toca aceptar que alguien puede no querer compartir esa parte de tu vida. O no compartirla con la misma intensidad o de la misma forma. Y a veces nos tocará pasar página, decir adiós y seguir caminando, queriendo, quizás a distancia.

En definitiva, lo que está en nuestra mano es gastarnos con otros, por otros y en otros. Y por el camino encuentras -ojalá- respuestas, aprecio, ecos, abrazos, palabras. Pero al final lo único que de nosotros depende es nuestra capacidad y disposición de querer. Tengo todo el derecho del mundo a pedir y esperar respuesta, pero esa respuesta es libre. Lo que a nosotros nos toca es la determinación de querer bien a los otros. A justos e a injustos. A buenos y a malos. A listos y a necios. A guapos y a feos... Con todos los matices que la vida nos vaya poniendo, conscientes de que no hay dos relaciones iguales, y sabiendo también que eso no va a ser un amor bucólico y pastoril ni una negación de las dificultades propias del mundo de las relaciones. Pero una de nuestras mayores grandezas es esa disposición a amar gratuitamente, sin precio ni canje alguno.

Vamos pasando de ser queridos a querer. Quizá podemos querer precisamente porque hemos sido bien queridos. Ésa podría ser nuestra bandera. Querer como mejor sepamos. Poblar nuestra vida de nombres. Sin mitificar tampoco el amor ni esperarlo perfecto, pues nuestro amor es limitado, como limitados somos nosotros que amamos. Apostar por el amor generoso y gratuito, aunque a veces nos descubriremos suspirando por respuestas, abrazos o caricias que no siempre llegarán. Gritar y anunciar que es posible esa disposición a la entrega total, aunque a menudo nosotros mismos nos sabremos atrapados en nuestras mediocridades, nuestra incertidumbre y nuestros miedos. Exponer el corazón, aunque se te rompa un poco a veces. Amar. Día a día. Toda la vida.

La alegría, también de noche - José María Rodríguez Olaizola

sábado, 8 de julio de 2017

Como corriente

-¿ Me dejas decirte qué más veo? 
Ella lo miró con cautela. 
-Veo a una mujer que es más... real que cualquier otra que haya conocido. A tu lado, todas las demás personas que conozco resultan insustanciales, incompletas en cierto modo. Como sombras e ilusiones. Amaba a mi esposa, o más bien, como señalaste con tanto tino mientras estaba colocado, amaba la idea que tenía de quién era. Pero nunca estuvo tan presente para mí como estás tú. Nunca me he sentido tan atraído por alguien como por ti, y lo he estado desde el momento en que te conocí. Es como la diferencia entre..., entre leer sobre la gravedad y luego caerte por primera vez. 
Se miraron durante lo que parecieron horas pero bien podían ser minutos o incluso segundos. La mano de Daniel, que al principio solo le tocaba el pómulo con los bordes de las yemas de los dedos, empezó a relajarse hasta que le acunó la mandíbula en la palma. Le pasó el pulgar por el labio inferior con una presión tan leve que no estaba segura del todo de no haberlo imaginado. 
-Esto es completamente irracional a todos los niveles -susurró Alex.
-No me mates, por favor. 
Quizá Alex asintiera.
Daniel se llevó su otra mano al rostro de Alex, con tanta suavidad que no hubo ni un atisbo de dolor pese a sus cardenales. Era solo corriente viva, la sensación que debía experimentar una lámpara de plasma desde su interior.

La Química - Stephenie Meyer 

martes, 27 de junio de 2017

Perdonar y ser perdonado

A veces es fácil decir: perdón, lo siento. Y también es fácil perdonar: claro, no pasa nada.
¡Qué sencillo! ¿verdad? Las pequeñas faltas son fáciles de perdonar, igual que es fácil pedir perdón por ellas. Pero ¡ay de aquello que nos duele en lo más profundo!... Eso es otro cantar.

Quería contar en esta página una reflexión personal sobre la liberación del perdón, pero me está costando plasmar en palabras el dolor del sufrimiento y el alivio del perdón, cuando se perdona de corazón. Para remediarlo y encauzar esto un poco voy a citar a Joseph Ratzinger en Jesús de Nazaret.

¿Qué es realmente el perdón? ¿Qué ocurre en él? La ofensa es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. El perdón cuesta algo, sobre todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. Pero antes de nada nos encontramos con los límites de nuestra fuerza para curar, para superar el mal. Nos encontramos con la prepotencia del mal, a la que no conseguimos dominar sólo con nuestras fuerzas.
Ya no vemos la profunda relación que hay entre todas nuestras vidas y su estar abrazadas en la existencia del Uno, del Hijo hecho hombre.
Superar la culpa exige el precio de comprometer el corazón, y aún más, entregar toda nuestra existencia. Y ni siquiera basta esto: sólo se puede conseguir mediante la comunión con Aquel que ha cargado con todas nuestras culpas.
La petición de perdón nos invita ante todo al agradecimiento, y después también a enmendar con Él el mal mediante el amor, a consumirlo sufriendo. Y al reconocer cada día que para ello no bastan nuestras fuerzas, que frecuentemente volvemos a ser culpables, entonces esta petición nos brinda el gran consuelo de que nuestra oración es asumida en la fuerza de su amor y, con él, por él y en él, puede convertirse a pesar de todo en fuerza de salvación.
Si a amar solo se aprende siendo amado, con el perdón creo que pasa algo parecido. Se aprende a perdonar siendo perdonado primero.
Y la ofensa duele. Duele por muchas cosas, porque igual nos toca nuestro ego o porque nos sentimos traicionados. Pero perdonar no implica olvidarnos del dolor. Tenemos derecho a que nos duela y a pasarlo mal. Pero también creo que recrearse en el dolor no es bueno porque nos impide avanzar.