martes, 27 de junio de 2017

Perdonar y ser perdonado

A veces es fácil decir: perdón, lo siento. Y también es fácil perdonar: claro, no pasa nada.
¡Qué sencillo! ¿verdad? Las pequeñas faltas son fáciles de perdonar, igual que es fácil pedir perdón por ellas. Pero ¡ay de aquello que nos duele en lo más profundo!... Eso es otro cantar.

Quería contar en esta página una reflexión personal sobre la liberación del perdón, pero me está costando plasmar en palabras el dolor del sufrimiento y el alivio del perdón, cuando se perdona de corazón. Para remediarlo y encauzar esto un poco voy a citar a Joseph Ratzinger en Jesús de Nazaret.

¿Qué es realmente el perdón? ¿Qué ocurre en él? La ofensa es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. El perdón cuesta algo, sobre todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. Pero antes de nada nos encontramos con los límites de nuestra fuerza para curar, para superar el mal. Nos encontramos con la prepotencia del mal, a la que no conseguimos dominar sólo con nuestras fuerzas.
Ya no vemos la profunda relación que hay entre todas nuestras vidas y su estar abrazadas en la existencia del Uno, del Hijo hecho hombre.
Superar la culpa exige el precio de comprometer el corazón, y aún más, entregar toda nuestra existencia. Y ni siquiera basta esto: sólo se puede conseguir mediante la comunión con Aquel que ha cargado con todas nuestras culpas.
La petición de perdón nos invita ante todo al agradecimiento, y después también a enmendar con Él el mal mediante el amor, a consumirlo sufriendo. Y al reconocer cada día que para ello no bastan nuestras fuerzas, que frecuentemente volvemos a ser culpables, entonces esta petición nos brinda el gran consuelo de que nuestra oración es asumida en la fuerza de su amor y, con él, por él y en él, puede convertirse a pesar de todo en fuerza de salvación.
Si a amar solo se aprende siendo amado, con el perdón creo que pasa algo parecido. Se aprende a perdonar siendo perdonado primero.
Y la ofensa duele. Duele por muchas cosas, porque igual nos toca nuestro ego o porque nos sentimos traicionados. Pero perdonar no implica olvidarnos del dolor. Tenemos derecho a que nos duela y a pasarlo mal. Pero también creo que recrearse en el dolor no es bueno porque nos impide avanzar.

jueves, 1 de junio de 2017

Eres aire


Eres Aire

Y ahora que empieza la cuenta atrás para un instante, esta canción me evoca tantas cosas... Ojalá sentir en un instante toda la eternidad y no se vaya todo por ser aire que no sabes de donde viene ni a donde va. Quiero que te quedes como estás, como caricia que venció a la pena.


Porque eres aire, a veces del mundo y a veces de nadie.