jueves, 12 de marzo de 2015

Miedos III

"Ya nunca volvimos a ser, como en el pasado, uña y carne; y nuestras conversaciones se volvieron más esporádicas y menos afables de lo que habían sido entonces. El temor que albergábamos, tanto el uno como el otro, se convirtió en el tumor que, quedamente, sin prisa pero sin pausa, acabó del todo con nuestra vieja amistad".

Alfonso Fernández Pousada. "Tras el Oro de Jerusalén"

miércoles, 11 de marzo de 2015

Amor Propio

Amor Propio.
La naturaleza del amor propio y de este <<yo>> humano consiste en no amarse más que a si mismo y en no considerarse sino a sí mismo. Pero ¿qué hacer? No puede evitar que este objeto que ama esté lleno de defectos y de miserias: quiere ser grande, y se ve pequeño; quiere ser feliz, y se ve miserable; quiere ser perfecto, y se ve lleno de imperfecciones; quiere ser objeto de amor y de la estima de los hombres, y ve que sus defectos no merecen sino su aversión y su desprecio. Esta situación embarazosa en que se encuentra produce en él la más injusta y criminal pasión que es posible imaginar; porque concibe un odio mortal contra esta verdad que le reprende y le convence de sus defectos. Desearía aniquilarla, y no pudiendo destruirla en sí mismo, la destruye, en la medida de lo posible, es su conocimiento y en el de los otros; es decir, se cuida escrupulosamente de cubrir sus defectos ante los demás y ante sí mismo y no puede sufrir ni que se los hagan ver ni que se vean.

Es, sin duda alguna, un malestar lleno de defectos; pero es un mal todavía mayor estar lleno de ellos y no quererlos reconocer, porque esto es añadirles todavía el defecto de una ilusión involuntaria. No queremos que los demás nos engañen; no encontramos justo que quieran ser estimados por nosotros en más de lo que merecen; tampoco es, pues, justo que les engañemos y que queramos que nos estimen en más de lo que merecemos.

Por esto, cuando no descubren sino imperfecciones y vicios que efectivamente poseemos, es claro que no son injustos, porque no son ellos la causa de tales defectos; y nos hacen un bien, puesto que nos ayudan a liberarnos de un mal, que es la ignorancia de estas imperfecciones. No debemos enfadarnos porque nos conozcan y nos desprecien: porque es justo que nos conozcan  en lo que somos y que nos desprecien si somos despreciables.

He aquí los sentimientos que nacerían de un corazón lleno de equidad y de justicia. ¿Qué habremos de decir, pues, del nuestro, viendo en él una disposición completamente contraria? Porque ¿no es verdad que odiamos la verdad y a los que nos la dicen y nos gusta que se equivoquen en favor nuestro, y que queremos ser tenidos por distintos de lo que efectivamente somos?

He aquí una prueba de ello que me espanta. La religión católica nos obliga a descubrir sus pecados indiferentemente a todo el mundo: tolera que se esté escondido para todos los demás hombres; pero exceptúa uno solo, a quien ordena descubrir el fondo de su corazón y hacerse ver tal como se es. No hay más que este único hombre en el mundo a quien nos ordene desilusionar, y le obliga a un secreto inviolable, que hace que este conocimiento esté en él como si no estuviera. ¿Puede imaginarse nada más caritativo y más dulce? Y, sin embargo, la corrupción del hombre es tal que todavía encuentra dureza en esta ley; y es una de las principales razones que han hecho rebelarse contra la Iglesia a una gran parte de Europa.

¡Qué injusto y poco razonable es el corazón del hombre, que encuentra malo que se le obligue a hacer con un hombre lo que en cierto modo sería justo que lo hiciera con todos! Porque ¿es justo que les engañemos?

Hay diferentes grados en esta aversión por la verdad; pero se puede decir que en todos se encuentra en cierto grado, porque es inseparable del amor propio. Es esta mala delicadeza lo que obliga a los que se ven en la necesidad de reprender a los demás de buscar tantos rodeos y templar tantas gaitas para evitar razonamientos. Tienen que disminuir nuestros defectos, aparentar que los excusan, combinarlos con elogios y testimonios de afección y de estima... Y con todo ello, esta medicina no deja de ser amarga para el amor propio. Toma de ella lo menos que puede, y siempre con disgusto, y muchas veces hasta con un secreto despecho contra los que se la presentan.

Sucede por esto que, si se tiene el menor interés en ser amado por nosotros, se evita el hacernos un favor que se sabe nos es desagradable; se nos trata como queremos ser tratados; odiamos la verdad, y se nos oculta; queremos ser adulados, y se nos adula; nos gusta engañarnos, y se nos engaña.

Es lo que hace que cada grado de buena suerte que nos eleva en el mundo nos aleje más de la verdad, porque se tiene más reparos de herir a aquellos a cuya afección es más útil y cuya aversión es más peligrosa. Un príncipe podrá ser la fábula de toda Europa, y será él el único que no la conoce. No me sorprende: decir la verdad es útil para aquel a quien se dice, pero desfavorable para aquellos que la dicen, porque se hacen odiar. Ahora bien: los que viven con los príncipes prefieren sus intereses propios a los del príncipe a quien sirven; y por esto no se preocupan de procurarle un beneficio perjudicándose a sí mismos.

Esta desgracia es sin duda mayor y más frecuente en las más grandes fortunas; pero las pequeñas no están exentas de ella, porque hay siempre un interés en hacerse amar de los hombres. Así, la vida humana no es sino una perpetúa ilusión; no se hace sino entre engañarse y entre adularse. Nadie habla de nosotros en presencia nuestra tal como habla en nuestra ausencia. La unión existente entre los hombres no está fundada sino en este mutuo engaño; y pocas amistades subsistirían si cada uno supiera lo que su amigo dice de él cuando él no está, aunque hable entonces sinceramente y sin pasión.

El hombre no es, pues, sino disfraz, mentira e hipocresía, tanto en sí mismo como respecto de los demás. No quiere que se le diga  la verdad, evita el decirla a los demás; y todas estas disposiciones, tan apartadas de  la justicia y de la razón, tienen una raíz natural en su corazón.

Blaise Pascal - Pensamientos.